
No tardé mucho tiempo en descubrir tras un par de cristales,
la tierna y dormilona expresión que tenían sus ojos,
me observaban delicadamente y con tanta dulzura,
que me serenaban...
Un saludo... una sonrisa perfecta,
e inmediantamente después,
la sensación de estar flotando livianamente,
cuando sus acaramelados brazos
me sostuvieron en el aire en un largo y acogedor abrazo.
Algo tenía esa tarde que me pareció distinta a otras tardes de verano,
no sentía frío ni calor y el tiempo parecía detenido,
sigo convencida de que aquél fué el día
en que por primera vez...
y afortunadamente...
tuve la oportunidad de conocer
lo que pocos pueden contar.
Ese día,
muy afortunadamente y a tiempo...
me descubrí conociendo un ángel.